domingo, 2 de noviembre de 2008

S.

Me acuerdo de vos en las situaciones más extrañas. Lo lógico sería que aparecieras después de una película de Hugh Grant, o cuando escucho a Damien Rice, o en todo caso a la noche, tarde, cuando intento dormir y la cama está caliente y pegajosa y no hay whisky que me tumbe. Pero no: soy más bien de ver tu cara en boletos del 17, en pollos calcinados que me miran con lástima desde el fondo del horno o en partidos de fútbol que engancho en televisión donde juegan equipos cuyo nombre ni siquiera puedo pronunciar. Es que nada de lo que nos unió, Silvina, tenía ni pies ni cabeza. Debe ser, entonces, que seguís estando en los lugares más insólitos porque nunca estuviste realmente en ningún lado.

¿Sabés quién me hace acordar a vos? Castillo. Debe ser por esa cosa de tomar y no dormir, o dormir de día y escribir compulsivamente de noche. Lo cual no tiene nada que ver con vos ni remotamente, siempre tan diurna y ordenada, sino más bien con situaciones que solías provocarme sin querer, como un elefante que desparrama porquerías inservibles pero frágiles en un bazar. ¿Solías, dije?

De modo que así están las cosas: vos, en tu cama, durmiendo sin enterarte de nada, y yo en la mía, tratando de curar viejos dolores con pequeños golpes de la punta de mis dedos, friéndome ante un resplandor que a veces sana y a veces hiere, y echando una ocasional mirada al cielo negro desde la ventana, anhelando un poco de lluvia, burlándome intencionadamente de todo lo que tu recuerdo toca, y rogando no encontrarte, al menos una vez, en la luz que a lo lejos brilla y que la madrugada todavía no logra ahogar.