domingo, 21 de septiembre de 2008

Antes del fin

Entraron con firmeza pero sin escándalo, marchando sigilosamente por mi departamento hasta alcanzar la habitación, donde yo dormía arrullado por la estática de un ignorado televisor blanco y negro. Sospechaba que tarde o temprano vendrían a buscarme, pero igualmente aquella madrugada de agosto del ’76, obnubilado por el sopor del sueño profundo, me invadió la sorpresa, e inmediatamente después el lógico pánico que acarrea el desconocer el propio destino inmediato. Eran cuatro, todos ellos muy bien vestidos y, a su retorcida manera, bastante amables. Uno oficiaba de cabecilla, cosa que noté cuando le ordenó a los demás que me ataran, me vendaran los ojos y me metieran en el auto. Resistirse era inútil.

“¿Dónde me llevan?”, pregunté, pero nadie contestó. No se llevaban bien con las palabras: solo soltaban groserías y risas sádicas de tanto en tanto. Se conducían con la serenidad de quien se apresta a ejercer la crueldad sin remordimiento. Yo, mientras, temblaba de frío e incertidumbre.

Cuarenta minutos después nos detuvimos. Los dos que me acompañaban en el asiento trasero me arrastraron fuera del coche. Volví a preguntar, ya al borde de la súplica, qué tenían pensado para mi. “Callate y caminá”, gruñó el mandamás, al borde de perder la paciencia. Obedecí.

Ocultos tras las vendas, mis ojos adivinaron una casa oscura. Mis oídos se sobresaltaron ante unos murmullos siniestros que quebraban el silencio casi inmaculado desde una habitación contigua. Mi olfato, agudizado por la merma de mis otros sentidos, percibió un aroma acre, mezcla de sudor, humedad y alcohol. Sin avisarme me empujaron sobre una especie de camilla acolchada y recubierta de un plástico que crujía ante cada estremecimiento de mi cuerpo. Volvieron a atarme, prácticamente desnudo, con las piernas y los brazos en cruz, y me obligaron a beber un líquido espeso, de sabor ácido, que dañó seriamente mis percepciones y me dejó, sin más, entregado a sus designios.

A lo lejos se abrió una puerta. Por un segundo los murmullos se escucharon más próximos, pero a esta altura el estruendo de mi corazón desbocado me impedía concentrarme en cualquier ruido externo. “Quedate quieto, putito”, me dijo el cabecilla, y comenzó a deslizar un cubo de hielo por mis partes más sensitivas. Me habían sujetado tan firmemente que ni siquiera podía evadir esta lenta tortura. Estaba rendido.

De repente, quien daba las órdenes dejó de martirizarme. Lo oí alejarse con pasos graves en dirección a la puerta. Dos de sus cómplices estaban cerca: percibía claramente sus voces profiriendo obscenidades ocasionales por lo bajo. Hasta que el líder, dirigiéndose al restante miembro del grupo que aguardaba sus directivas desde el otro cuarto, disparó con voz firme: “Raúl, ¿llegaron o no llegaron ya las putas, eh?”. Y Raúl contestó que sí, que hacía diez minutos que estaban esperando en el living. Y las putas, efectivamente, entraron en fila india.

El resto de mi despedida de soltero, para mantener el decoro y evitar que mi señora me estrangule, tendrán que imaginarlo.