lunes 18 de agosto de 2008

Amar, partir y temer

Como casi todas las noches jóvenes, la de aquel viernes se había meado encima y ahora me berreaba en la oreja esperando que la cambie. Trenes llenos de gente muy fea habían dejado su carga en ese bar, y ahora las conversaciones sobre pantalones y películas apáticas rebotaban por las paredes y se apareaban unas con otras. La cerveza seguía su inexorable marcha hacia la tibieza y mi paciencia pagaba lo que un matungo con polio en pista embarrada. Y vos venías a ser la sorpresa.

Herido en todas las guerras, antes de dar un paso me impuse temer, para no pretender amar y después tener que partir a la fuerza como de costumbre. Así que me encaramé otra vez en la trinchera líquida y me dediqué a espiarte, tratando de adivinar la historia que guardabas bajo los bucles negros y la blusa inflamada.

Los dos idiotas que te rodeaban sabían transpirar la camiseta a la hora de ignorarte, y vos les recompensabas el esfuerzo con una cara de culo digna de un mural. Ofrecerte una silla me pareció un buen puente para después intentar convencerte de algo más sórdido, pero una falsa rubia con caderas de secretaria enfiló para el baño y vos te desplomaste sobre su asiento, abortando en seco mis nonatas intenciones espurias.

Materializaste un cigarrillo de la nada y te palpaste buscando fuego. Yo repetí el gesto, ensayando un redial tras el tono de ocupado del llamado anterior, sólo para que un sweater horrendo con un monigote dentro te saludara efusivamente y, de paso, te encendiera el pucho con un Zippo plateado que pedía hurto a gritos.

Tres minutos de conversación bastaron para redibujarte la expresión amarga, un poco homicida, un poco suicida. Enseguida pesqué la rutina de supervivencia que te habías armado: asentir, sorber esa cosa roja del vaso, soltar un chillido de aprobación, espiar el reloj, asentir de nuevo y así. Te apegabas al proceso una y otra vez, hasta que en un momento, cuando se suponía que debías chequear que efectivamente fueran nada más que las 12 y cuarto y 20 segundos, desviaste la mirada y la clavaste en mi rincón. Y yo, porque sí, o porque no te toleré, me quebré y estrellé el iris en una colilla que agonizaba en el suelo. Demasiado.

Amainó el galope y te volví a espiar, y se te asomaba una sonrisa dañina por las comisuras. El tipo del sweater feo se había ido y vos tenías sed. Quizás no todos supiéramos eso de temer para no amar y partir, así que quién era yo para desanimarte si tenías tantas ganas de invertir el orden de los factores para ver qué pasaba. Vos debías tener sed. Y yo no soy de llegar con las manos vacías a ningún lado.

Marché a la barra y conseguí las últimas dos cervezas frías que quedaban en el hemisferio sur. De espaldas te seguía viendo, sola y dispuesta, linda y hastiada. Quince mil soldaditos enemigos se desgarraban de alegría alrededor nuestro, chocándose mutuamente y transpirando su tristeza marcial, haciendo lo imposible por llenar con champagne y sexo casual los cráteres de su existencia. La salida estaba cerrada y lejos. La madrugada se había muerto, había dejado buena herencia y todo parecía decir que nos íbamos a echar una meada sublime sobre su tumba. Hasta que giré, busqué tu cara entre la gente y no la volví a ver.

Y no. Ni las cervezas estaban tan frías como parecían. Las tragué sin saborearlas y me convencí de que, por lo menos hasta que mi memoria hiciera lo suyo y licuara un poco tu imagen, tenía que tomarme un descanso. Porque quizás hayas sido única pero no la única, y además no fuiste nada. Y porque esta vez tocó algo parecido a amar, partir y temer, pero el futuro sigue tan imperfecto
como siempre.



(5:23 AM. Inspirado en "I hope that I don't fall in love with you" de Tom Waits)