domingo, 31 de agosto de 2008

La empanada de albahaca

A Hank Chinaski

Llevábamos siete horas tirados en el sofá mirando Crónica TV. No había nada mejor para hacer.
- Yo ya tengo hambre- dije, retórico.
- Pará, ya termina–gritó Ricardo, respondiendo vaya uno a saber a qué pregunta.
- Llamá.
- ¡Para un minuto! Loco, que hinchapelotas.
Miré la pantalla. Estaban pasando un infomercial de medias de mujer que no se corren, y Ricardo lo miraba y se reía. Podía ser extremadamente estúpido si se lo proponía.
Me levanté del sofá y busqué un imán de una pizzería que solía estar pegado en la lámpara, pero no estaba. Me tiré al piso, corrí la alfombra, levanté el almohadón de mi lado, metí el brazo y después la cabeza abajo del sillón, me di vuelta los bolsillos por las dudas, revolví el pasto de plástico de la maceta artificial que estaba debajo de la lámpara, y nada. Lo dejé.
Al rato lo vi en el lugar menos esperado.
- Ricardo, ¿comiste mierda? Estás chupando el imán de la pizzería...
- Pedí empanadas, pizza comí hoy al mediodía– me dijo, sin mover los ojos de la pantalla, sin pestañear, sin dejar de echarse una risita cada tanto y sin parar de lamer pervertidamente el imán.
A todo esto, un tipo pelado le metía clavos a una media de nylon y se reía, y una morocha veterana, con más cara de aguerrido volante tapón que de conductora de televisión, decía no poder creerlo y se reía todavía más. La cosa es que todo el mundo estaba recontracagado de la risa menos yo. Por un minuto temí que el demente fuera yo, pero no, no era yo.
Con todo, conseguí de algún lado un imán de un local de empanadas.
- ¿Vos de qué querés?
- Pedime dos de jamón y queso y dos de carne picante.
- ¿Nada más?
- No.
- Después me afanás una de las mías y te cago a bollos.
- Chuhuevo un pame.
No le hice caso. Pedí las cuatro empanadas para él, y para mí lo mismo, más una de queso, albahaca y tomate.

Cuarenta y cinco minutos después, el infomercial había llegado a un final feliz y había dado lugar al sorteo de la Nacional. Cada tanto se cruzaban placas rojas anunciando alguna tragedia, pero ninguna hablaba del secuestro y muerte del pibe de las empanadas. En eso sonó el timbre.
- Perdoná la demora, es por el calor.
Le contesté que sí, que que calor hijo de puta, sin terminar de entender la relación entre la temperatura ambiente y el hecho de que nueve empanadas tardaran 45 minutos en recorrer 250 metros en moto. Tenia demasiada hambre para sacarme la duda, así que agarré el paquete y le dejé 50 centavos de propina al pibe, que efectivamente estaba transpirado hasta las pelotas.
Miré la tele. Ricardo había sacado Crónica TV para poner una película de Franco Nero doblada al castellano, una verdadera pendorcha cinematográfica que embelesó a mi compañero hasta convertirlo nuevamente en el cadáver de un hongo cuadripléjico.
Cuando por fin rompió su perpetua inercia, fue a buscar la Coca Cola hasta la cocina y yo aproveché para mandar a Nero a la mierda y poner Crónica otra vez. Cuando volvió no dijo nada. Creo que ni cuenta se dio.
Me clavé las de jamón y queso casi sin masticarlas. Se me complicó después de las de carne picante: fue como sí Charles Manson se hubiera mudado a mi hígado.
En eso, Carozo y Narizota anunciaron una violación seguida de muerte y Ricardo manoteó sutilmente la de queso, albahaca y tomate.
- ¿Dónde vas?
- ¿Qué tiene?
- Sos un hijo de puta, te dije si ibas a querer más y me dijiste que con cuatro estaba bien.
- Si me comí tres yo...
Se había comido cuatro.
- Te comiste cuatro. Y aparte esa es la de albahaca que me pedí yo.
- ¿Y la mía?
- ¿La qué tuya?
- La de albahaca que te dije que me pidas.
Miré alrededor. No vi LSD, marihuana, vodka, hachís, heroína, tequila, whisky, crack, peyote o ginebra. Ni un cigarrillo ni vino de caja había. Indudablemente se estaba haciendo el boludo.
- Ricardo, te comés esa empanada y te juro que te corto las orejas y te las meto por el culo así escuchás como te cago a patadas.
- ¿Eh? –no entendió. Se la hice más simple.
- Dejá esa empanada.
- No dejo una mierda.
- DEJA LA EMPANADA, CARAJO.
- La de albahaca era mía.
Respiré hondo. Me relajé. Me duró poco.
- Ricardo, la reputa que te parió, largá esa empanada. Seguí chupando el imán si tenés hambre, la de albahaca la pedí yo.
Le debe haber encontrado connotaciones sexuales a lo del imán, o algo por el estilo, porque se lo tomó a mal. Se quedó mirándome fijo un par de segundos, para después levantarse del sofá, revolear la empanada a la caja y pararse adelante de la mesa ratona. Una vena de la frente le latía. Tenía una vena, así que debía ser verdad eso de que tenía sangre.
Todo lo que sigue lo dijo de un tirón, con los ojos completamente abiertos por primera vez en su vida y escupiendo directo a mi cara restos de comida.
- ¿Sabés qué? Podrido me tenés con tus boludeces. Que estoy todo el día al pedo, que dejo el baño perdiendo, que no te use el teléfono, que te lleno el jabón de pelos, que la empanada de albahaca es tuya... ¿Quién sos? ¡¿Quién mierda te creés que sos?! ¡¿EH?! ¡¿QUIÉN?!
Partido chivo. Yo también me levanté y le contesté, frente a frente:
- La empanada es mía.
Fue lo único que se me ocurrió.

Ricardo se metió en el baño y se quedó ahí una hora y media sin hacer ningún ruido. No me preocupé porque no era la primera vez que lo hacía. Mientras tanto, yo me serví otro vaso de Coca Cola caliente, me acomodé de nuevo en el sofá y le subí el volumen a Crónica. Había una nota con un imitador de Raphael. Me pareció demasiado patético, así que volví con Franco Nero hablando en gallego.
La empanada de albahaca, ese grasoso objeto del deseo, me miraba desde el fondo de la caja vacía. Yo todavía tenía hambre, así que, sintiéndome Rockefeller a punto de regocijarse con un buffet froid en el bodegón más caro de Champs Elyseés, me limpié las manos en los pantalones, agarré la empanada con una de las servilletas tamaño foto carnet que mandaron con el pedido, la desnudé con la vista mientras la llevaba lentamente al matadero y, finalmente, le hinqué el diente.
Era de humita. No hay nada más desagradable que la humita. No hay nada más asquerosamente repugnante en todo el universo que ese vómito rancio de borracho comido y vuelto a vomitar que llaman humita.
Iba a llamar para quejarme, pero Ricardo se había llevado el imán al baño. Así que tiré la empanada a la basura y seguí con mi vida

viernes, 22 de agosto de 2008

Vamos a la ruta

Volviendo a los viernes de videos tras algunas jornadas de zozobra, una versión increíble de "Six days on the road", a cargo de los Flying Burrito Brothers.

Aunque la formación que tenía a Gram Parsons como líder era la mejor, la de Chris Hillman no es para despreciar, sobre todo si te gusta el country-rock clásico, guitarrero, setentoso y rutero, ideal para cazar la cupé Chevy y enfilar impulsivamente para Mar del Plata, al sol y con lo puesto.

martes, 19 de agosto de 2008

Con la Ardiya, vuela vuela (no te hace falta equipaje)

Katita y Las Rayas Blancas, un cacho de inspiración poledancera.

Mi amiga la Ardiya, pese a lo que algunas malas lenguas dicen por ahí, no tiene cáncer de muñeca. Por el contrario, se encuentra en perfecto estado de salud, en gran medida gracias a la práctica activa de esa noble actividad física llamada pole dance (conocido por la gilada como “baile del caño”). Tanto le gustó zarandearse en lo alto de la barra a la Ardiya que se puso una en su casa, se volvió pro y ahora desea transmitir, cual Yoda con el boludazo de Luke, toda su sabiduría a las señoritas, señoras y viejas chotas que sueñen con poledancear con su mismo garbo.

De modo que, desde mi humilde espacio, les recomiendo que si pertenecen al género femenino, pesan entre 4 y 100 kilos y quieren transpirar con onda (y, de paso, pegarle una recalentada al osobuco ese que tienen por novio/marido), no hallarán mejor opción que mandarle un e-milio a esta simpática trastornada, quien las guiará con paciencia y empeño (a cambio de una módica suma de dinero, por supuesto) en su asombroso viaje al centro mismo del universo pole dance.

Los datos formales:

Clases INDIVIDUALES de Poledance, sin necesidad de ningun conocimiento previo. Una o dos veces por semana, sin limite de edad o contextura física (la barra aguanta hasta 100 kg)- Por información o para tomar una clase de prueba:
adri_nowell@hotmail.com
Más información en http://plpole.blogspot.com/

Como incentivo, para que esto no sea un chivo taaan alevoso, les dejo un compiladito de canciones ideales para contonearse frente a la barra, que van desde el salvajismo de NIN hasta la franela aceitosa de Barry White. Así que tenés dos caminos: o bajarte el disco y usarlo para bailotear atolondradamente como un manatí con polio, o hacerla bien y decirle a la Ardiya que te enseñe a treparte al coso como Dios manda en vez de andar por la vida dando pena.

El tracklist es el siguiente:

“Kingdom” – Dave Gahan
“Closer” – NIN
“Lately” – Massive Attack
“I wanna make it wit chu” – Queens of the Stone Age
“I feel you” – Depeche Mode
“Mr. Siegal” – Tom Waits
“This is hardcore” – Pulp
“Since I ‘ve been loving you” – Led Zeppelin
“Let’s get it on” – Marvin Gaye
“Come on” – Barry White
“Cream” – Prince

¿De dónde lo bajan? ¡De acá!

Y por último, opiniones de famosos que avalan mis palabras:

DIJO WALTER PIANCIOLI: “Brujería, la Ardiya hace brujería”

DIJO FITO PAEZ: “El pole dance es puro swing, como Jobim, como Rosario, joder”

DIJO AXEL: “Mmnnggh pooleegh danccgghh ohohoh gagggdishaa bgieen” (tenía la boca ocupada con la poronga de un albañil y no podía hablar bien)

DIJO SPINETTA: “Tu tu tu tu” (lo llamamos por teléfono y daba ocupado)

lunes, 18 de agosto de 2008

Amar, partir y temer

Como casi todas las noches jóvenes, la de aquel viernes se había meado encima y ahora me berreaba en la oreja esperando que la cambie. Trenes llenos de gente muy fea habían dejado su carga en ese bar, y ahora las conversaciones sobre pantalones y películas apáticas rebotaban por las paredes y se apareaban unas con otras. La cerveza seguía su inexorable marcha hacia la tibieza y mi paciencia pagaba lo que un matungo con polio en pista embarrada. Y vos venías a ser la sorpresa.

Herido en todas las guerras, antes de dar un paso me impuse temer, para no pretender amar y después tener que partir a la fuerza como de costumbre. Así que me encaramé otra vez en la trinchera líquida y me dediqué a espiarte, tratando de adivinar la historia que guardabas bajo los bucles negros y la blusa inflamada.

Los dos idiotas que te rodeaban sabían transpirar la camiseta a la hora de ignorarte, y vos les recompensabas el esfuerzo con una cara de culo digna de un mural. Ofrecerte una silla me pareció un buen puente para después intentar convencerte de algo más sórdido, pero una falsa rubia con caderas de secretaria enfiló para el baño y vos te desplomaste sobre su asiento, abortando en seco mis nonatas intenciones espurias.

Materializaste un cigarrillo de la nada y te palpaste buscando fuego. Yo repetí el gesto, ensayando un redial tras el tono de ocupado del llamado anterior, sólo para que un sweater horrendo con un monigote dentro te saludara efusivamente y, de paso, te encendiera el pucho con un Zippo plateado que pedía hurto a gritos.

Tres minutos de conversación bastaron para redibujarte la expresión amarga, un poco homicida, un poco suicida. Enseguida pesqué la rutina de supervivencia que te habías armado: asentir, sorber esa cosa roja del vaso, soltar un chillido de aprobación, espiar el reloj, asentir de nuevo y así. Te apegabas al proceso una y otra vez, hasta que en un momento, cuando se suponía que debías chequear que efectivamente fueran nada más que las 12 y cuarto y 20 segundos, desviaste la mirada y la clavaste en mi rincón. Y yo, porque sí, o porque no te toleré, me quebré y estrellé el iris en una colilla que agonizaba en el suelo. Demasiado.

Amainó el galope y te volví a espiar, y se te asomaba una sonrisa dañina por las comisuras. El tipo del sweater feo se había ido y vos tenías sed. Quizás no todos supiéramos eso de temer para no amar y partir, así que quién era yo para desanimarte si tenías tantas ganas de invertir el orden de los factores para ver qué pasaba. Vos debías tener sed. Y yo no soy de llegar con las manos vacías a ningún lado.

Marché a la barra y conseguí las últimas dos cervezas frías que quedaban en el hemisferio sur. De espaldas te seguía viendo, sola y dispuesta, linda y hastiada. Quince mil soldaditos enemigos se desgarraban de alegría alrededor nuestro, chocándose mutuamente y transpirando su tristeza marcial, haciendo lo imposible por llenar con champagne y sexo casual los cráteres de su existencia. La salida estaba cerrada y lejos. La madrugada se había muerto, había dejado buena herencia y todo parecía decir que nos íbamos a echar una meada sublime sobre su tumba. Hasta que giré, busqué tu cara entre la gente y no la volví a ver.

Y no. Ni las cervezas estaban tan frías como parecían. Las tragué sin saborearlas y me convencí de que, por lo menos hasta que mi memoria hiciera lo suyo y licuara un poco tu imagen, tenía que tomarme un descanso. Porque quizás hayas sido única pero no la única, y además no fuiste nada. Y porque esta vez tocó algo parecido a amar, partir y temer, pero el futuro sigue tan imperfecto
como siempre.



(5:23 AM. Inspirado en "I hope that I don't fall in love with you" de Tom Waits)

viernes, 8 de agosto de 2008

Tocar por tocar

Por razones laborales me ha tocado estar en contacto con muchos músicos en los últimos años, y una de las cosas que más me sorprende de ellos es el poco sentido lúdico que demuestran en torno a lo que hacen. Es decir: una entrevista no deja de ser una charla entre melómanos, e irónicamente muy pocas veces me tocó ver en ellos verdadero entusiasmo por la música en sí, más como placer irresistible que como modo de vida o -si se quiere- como cúmulo de parafernalia, como el que puede exhibir cualquiera que la ame desinteresadamente y encuentre un interlocutor válido con quien intercambiar conocimientos (¿el primer requisito para ser músico no es adorar descontroladamente la música? ¿los años en el establishment les amainan esa veta?).
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Así como les cuesta ponerse en posición de fans/ melómanos, también les resulta intolerable la idea de salir de su entorno de comodidad a la hora de tocar, como si el teatrito, el camarín, la falopa, el catering, el séquito de alcahuetes y las pendejas gritando fueran imprescindibles, ignorando ese fuego que, a los 16 años, te lleva a querer tomar una guitarra y cantar 20 horas por día donde sea, delante de quien quiera escuchar (o incluso de quien no quiera escuchar). Por eso me pareció tan sencilla como genial la idea de la gente de Playgrrround: sacar a los artistas de los espacios habituales, reducirlos a su mínima expresión (apenas acústica y voz, o incluso menos que eso a veces) y hacerlos tocar en lugares improbables, como en un bosque bajo la lluvia, o un callejón vienés, o lo que sea.
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Músicos casi desconocidos (como la austríaca Clara Luzia), o apenitas un poco menos anónimos (Scott Matthew, el de la versión de "The boy with the thorn in his side" de más abajo) se sacan chispas en esto de tocar por tocar. Recomendándoles pasear largo rato por los distintos videos, les dejo "Upside down" de Matthew a modo de muestra. ¿Alguno se lo imagina a Emmanuel Horvilleur haciendo esto?

viernes, 1 de agosto de 2008

No fun

No fun my babe no fun
No fun my babe no fun
No fun to hang around
Feeling that same old way
No fun to hang around
Freaked out for another day.