martes 29 de julio de 2008

Como nunca


Ya era hora de hacer alguna estupidez para después arrepentirme. Así que te dije que estaba como muerto en vida, que necesitaba sentir algo, que por favor cojamos hasta que nos doliera. Lo cual no fue precisamente un prodigio de caballerosidad de mi parte, pero igual vos te tomaste la molestia de pensarlo, como toda dama respetable lo haría. Finalmente, unos diez segundos después estabas demasiado desnuda como para negarte.

Antes de ese preciso instante en el que desparramaste los trapos de colores que te vestían por mi alfombra, nos habíamos pasado casi tres años jugando esa especie de ajedrez en el que se enfrentan los hombres y las mujeres cuando les sobran hormonas y les falta coraje. El vino –un syrah cumplidor cuya botella lucía mucho mejor que los diez pesos que pagué por ella– había ayudado a destrabar la partida, supongo. Así fue: una hora antes nos jurábamos amistad eterna… y ahí estabas, con tus rulos rojizos cayendo desprolijos sobre las partes de tu anatomía que más me empujaron a insistir en la lucha.

Te acercaste, y tu perfume se me echó encima, dulce y con carácter. Era la versión obscena de ese aroma tibio tantas veces le contagiaste a mi ropa. Me dijiste algo que ahora no recuerdo, apretaste el pecho contra el mío, nos caímos al sofá y nos hundimos ahí un buen rato.

Cuando todo terminó me dediqué a espiarte y a preocuparme porque el arrepentimiento no llegaba. Vos, callada, te mirabas el esmalte de las uñas, con un gesto que en un buen momento hubiera considerado una sonrisa. Rompiste el trance y marchaste hacia la ducha, y yo te seguí con la vista, jugando a adivinarte el pensamiento. El agua te iba a liberar de mí, lo sabía. Era eso o tener muchos hijitos, y Dios no lo permita. Me serví más vino y –siempre desde el sofá– vi como tu contorno se me insinuaba entre la neblina. Ahí, desdibujada y utópica, me gustaste mucho más.

Quizás te llame hoy. Espero que no.