viernes, 27 de junio de 2008

Josh Rouse

El videíto recomendado para el fin de semana, casi un clásico (?) de Rocanrol Nene a estas alturas. Hoy les dejo un tema de Josh Rouse, cantautor folkie estadounidense con ocho discos editados (Nashville, de 2005, es por lejos el mejor). Esta canción se llama "Sweetie", es de su último disco Country mouse, city house, del año pasado. Y a mi me gusta mucho porque me recuerda a una de mis debilidades: el soft rock de los '70, con melodías brillantes, guitarras acústicas y hasta un "la la la" en el estribillo. Se los presto, disfrútenlo.

miércoles, 25 de junio de 2008

Gorgoroth: auténtico metal noruego

Gorgoroth no toma su nombre del Jefe Gorgory, sino del páramo de maldad y oscuridad de la tierra de Mordor en El señor de los anillos. Forma parte de la escena True Norwegian Black Metal (TNBM), como Satyricon, Burzum o Mayhem (no así Dimmu Borgir, más afecta a las cuerdas y la épica operística que a la brutalidad hecha y derecha).

El cerebro de la banda es el guitarrista Infernus (vale destacar a un baterista de paso efímero llamado Goat Pervertor). Tras su inolvidable show de septiembre de 2007 en la Argentina (¡tocaron en El Teatrito!), el grupo se escindió, gracias a lo cual hay dos Gorgoroth dando vueltas por el mundo: uno encabezado por Infernus y otro por el cantante Gaahl.

El disco que mejor los representa es Under the sign of hell (1997), extremo en su sonido y plagado de referencias satánicas en sus letras (aunque la banda siempre se negó a publicar sus líricas y tablaturas en Internet, vaya uno a saber por qué).

Como corresponde a buena una banda de black metal noruego, varios de sus miembros están completamente locos. Gaahl, por ejemplo, estuvo nueve meses preso por lesionar severamente a un hombre en una pelea callejera y luego amenazarlo con tomarse su sangre, mientras que Infernus pasó seis meses a la sombra por no haber hecho nada para evitar una violación que cometió un amigo suyo. Mientras ambos cumplían sus condenas, se editó el álbum Ad Majorem Sathanas Gloriam (2006), cuyo tema “Carving a giant” podrán escuchar mientras admiran la belleza visual (?) del clip que antecede estas líneas. Enjoy!

jueves, 19 de junio de 2008

Invierno

Con ustedes los Fleet Foxes y su tema "White winter hymnal", la parte más hermosa del invierno hecha canción. A los que tienen la suerte de estar en casa y no en una oficina infecta como yo, les recomiendo mate, auriculares, vista a la ventana y evocación de compañía anhelada.

miércoles, 18 de junio de 2008

Mi viejo, Independiente y yo

La primera vez que mi papá me llevó a la cancha fue una noche de invierno de 1985 en la que jugábamos contra Racing de Córdoba, un rival que siempre nos complicaba cuando estaba en Primera, mucho más que su homónimo vecino. Yo tenía cinco años, y no terminaba de entender qué tenía de divertido congelarme en la tribuna, rodeado de tipos que no paraban de gritar, aunque reconozco que cuando llegó la bolsa de maní con cáscara (ritual insoslayable de nuestros primeros años en la Doble Visera) las cosas mejoraron ostensiblemente. De lo que pasaba en el field, ni enterado estaba.

Él tenía dos amigos, Raúl y Pirulo, con los que iba a la cancha religiosamente, de local o visitante. Los pasaba a buscar con la Chevrolet amarilla, llevaban banderas y cornetas, se hacían chistes que yo no cazaba, puteaban grosso a Percudani y, lógicamente, veneraban al Bocha, prócer entre próceres. Ver a Independiente era una fiesta, más allá del veneno de la ocasional derrota. Mi viejo transpiraba pasión roja, a punto tal de bautizar Killer a mi primer pekinés (no por “asesino”, sino por un aguerrido marcador de punta con ese apellido) y de querer ponerle Reinoso al segundo, en honor a la recordada Vieja (al final le quedó Pompón: era mejor su idea). El tipo se sacaba en la cancha, y yo de movida no entendía, pero de a poco fui aprendiendo a admirarlo y a copiarlo.

Algunos años después nos mudamos, y el contacto con Raúl y Pirulo se perdió. Mi padre se agenció amistades con poder dentro del club y le consiguieron una preferencial en la Arsenio Erico, platea donde la elite avellanedense hacía lobby mientras esperaba que el Rojo saludara con los brazos en alto. Yo entraba gratis, haciéndome pasar por menor de ocho años hasta que cumplí… trece, y los controles ya no se creyeron el cuento del infante con mostachos. Allí se produjo el cisma: yo no tenía plata para pagar plateas ni edad para ir a la popular solo, mi viejo se empezó a aburguesar, y el torneo del ’94 nos encontró yendo muy de vez en cuando. En el último partido, con un 4 a 1 a Huracán, Independiente salió campeón. Y fue ahí cuando lo vi por última vez denodadamente feliz, fuera de sí, saltando y gritando con lágrimas en los ojos, mientras el equipo daba la vuelta. Después de ese instante, el viejo se amargó para siempre, por razones que sólo él conoce (aunque quizás yo pueda adivinar) y que claramente no tienen que ver con el fútbol. Nunca más, en ningún ámbito, lo volví a ver así. Una parte del corazón se le apagó, y la pasión estaba en ella.

Mi fervor independientista, en tanto, estuvo lejos de extinguirse. Por el contrario, desde los 16 hasta los 22 me conseguí mis propios Raúl y Pirulo y me hice asiduo visitante de la Doble Visera. Me comí bastonazos de la cana, aprendí algunos códigos, festejé, sufrí, puteé, me quedé afónico, lloré. Hoy ya no voy a la cancha, pero sigo la campaña del Rojo religiosamente, entro a foros, conozco el plantel, lo banco a Borghi, me enfermo cuando pierde y soy una seda después de una victoria. Pero mi papá no: se convirtió en uno de esos nostálgicos agrios que inconscientemente hacen fuerza para que su equipo pierda, quizás por miedo a que recuerdos tan lindos como los de los ’70 ultracoperos queden a la sombra de nuevas glorias. Ver a Independiente por TV con mi viejo me resulta tan exasperante como hacer prácticamente cualquier cosa con él. Nos distanciamos mortalmente, tanto en el fútbol como en la vida, a punto tal de preguntarme cómo llegué a ser quien soy con un padre como él. “Es un milagro”, dije hace poco respecto del hecho de que un rockero pelilargo, sensible y bohemio haya sido criado por un tano cabezadura de bigotes, inexpresivo, chapado a la antigua, laburante sin descanso y sin entrenamiento para esas cuestiones del disfrute.

Y después lo pensé mejor y vi que no, que no es tan milagroso, que al fin y al cabo no somos antónimos, aún con todas nuestras gigantescas diferencias a cuestas. Porque mi papá alguna vez fue un tipo sanguíneo, pujante, lleno de energía, y para canalizar esa veta eligió dos vías: su trabajo e Independiente. Después se apagó y se convirtió en otra cosa muy distinta (y estoy seguro de que ni siquiera fue su culpa), pero antes, cuando me llevaba a ver al Rojo con Raúl y Pirulo en la chata amarilla, mi viejo vivía con la misma pasión que hoy siento yo, por muchas otras cosas, pero también por esas dos que lo movilizaban a él por aquel entonces.

Así fue como, de repente, entendí que mi papá usó inconscientemente a Independiente como metáfora, para enseñarme –a su particular manera– que la vida no existe sin pasión. Nunca dudé de que el Rojo fuera, al menos en aquel tiempo, una de las cosas más importantes de su existencia. Pero ahora, a los casi 30, me cae la ficha de que sin duda había otra cuestión que le importaba mucho. Porque, bueno, podría haber ido sin mí a la cancha si lo hubiera querido.

De modo que por eso, y por haberme hecho del Orgullo Nacional, no puedo más que agradecerle eternamente a ese tipo tan odioso al que, te juro, me encantaría arrastrar un domingo cualquiera a la popular, bandera y corneta en mano, para recordarle lo que él mismo me enseñó y que con el tiempo parece haber olvidado.


miércoles, 11 de junio de 2008

Charly: Sensibilidad, No Muerte

Y de repente se me ocurre ver el video de Charly García en Mendoza, atado, fuera de sí, gritándole barbaridades a cuatro pobres tipos que sólo intentaban evitar que se lastime, y pienso en que no sé, no entiendo cómo llegamos acá.

Es que leo lo que se escribe de él acá, allá y en todas partes, y lo que más me preocupa es que no veo empatía con lo que, a fin de cuentas, es el origen de su genio y de su dolor: su sensibilidad. De ciertos medios lo entiendo: no puedo pretender que el movilero de TN esté preparado espiritualmente para ver qué le pasa a un alma sensible como la de García. De otros medios quizás no tanto: ¿Será que el Word nos mecaniza, o que los tiempos nos corren, o que las formas nos tienen presos, tanto como para no parar la pelota y darnos cuenta de que el verdadero problema no son las drogas, sino el vacío sentimental que empuja a alguien a necesitarlas? ¿Nadie piensa hablar de eso? Digo: viniendo de tipos que se pasaron la vida escuchando música, me sorprende.

En un post anterior conté sobre la teoría sobre la sensibilidad que Aldous Huxley expone en Las Puertas de la Percepción. Allí, el autor dice que todos tenemos una válvula que regula la cantidad de información que entra a nuestras mentes. Algunos tienen esa válvula muy chiquita, y sólo reciben lo justo y necesario para ponerse una corbata y salir a hacer planillas de Excel durante toda su vida. Otros la tienen enorme, gigantesca, como Charly. Con toda ese tsunami de información que entra a su cerebro él puede componer “Desarma y sangra” en quince minutos. Pero nadie está preparado para soportar semejante aluvión. Y ahí es donde se desborda, pierde el control y no sabe cómo manejar su sensibilidad.

Desconfío del cliché de festejarle la actitud rockera de seguir provocando cuando la mayoría de los músicos nacionales manejan una 4X4: en este caso el efecto colateral de mantener ese personaje tan “divertido” es la muerte, y los muertos no crean. La muerte es lo contrario de la creación, de hecho: cuando uno más se acerca a una, más se aleja de la otra, por la sencilla razón de que sin vida no hay arte ni belleza. Los que celebran la autodestrucción de un tipo como Charly son los mismos que veneran a Syd Barrett por su caída más que por su estadía en la cumbre. Está claro que García asocia mentalmente el rock con el reviente, que tiene pánico de “rescatarse” y pasar ser uno más. Yo, por mi parte, le pido que trate de mirarse más en McCartney.

Sin tener formación psiquiátrica, creo que a toda persona se le puede ayudar, incluso a la más cerrada, a la que está decidida a morir (que, entiendo, no es el caso de Charly). La cuestión es encontrarle el ojo a la cerradura y tener la llave a mano. En mi humilde opinión, con SNM, desde la idolatría rockera incondicional, idiota y tanatológica no lo vamos a lograr nunca. Desde la represión o la indignación de vieja pacata (otra “fija” en la cobertura mediática) menos que menos. Quizás la solución pase por pararse a su lado, hablar en su idioma, despegarse de los personajes ridículos que nos divierten, pero que valen mucho, muchísimo menos que la vida de un creador. La clave, entiendo, es la empatía. Sé que no es fácil, pero creo que todavía hay esperanza. Ojalá no me equivoque.

Mientras, los dejo con el video que todos queremos ver, ese que muestra a Charly completamente prendido fuego.


viernes, 6 de junio de 2008

Feo pero optimista

Y sí, otro videíto ladri de fin de semana, con la salvedad de que estoy seguro de que les voy a hacer conocer a un músico raro que les va a terminar gustando. Se trata de Jason Trachtenburg, cantautor de Seattle que se cae de la cara de pelotudo, que colaboró nada menos que con el inefable Daniel Johnston y que compuso esta canción llamada "Anybody can tell" que hizo de mi viernes un día mucho más tolerable. Tiene un gran disco (casi inconseguible) llamado Together, y sus presentaciones en vivo son increíbles: toca con su mujer... ¡y su hijita de siete años! En fin, si tienen ganas, escuchen y me dicen. Y si les gusta, me agradecen debidamente, que caraho.